Este es el texto que no pensé que podría escribir, porque lo que quiero contar pensé que nunca podría pasar.
No sé cómo contarlo, sinceramente solo pienso en una pregunta: ¿te ha pasado que cuando preparas tus propósitos de año nuevo o tu vision board te quedas corto?
Yo siento que este año mis propósitos quedaron diminutos al lado de todo lo que vendría. Y es que hay veces que soñamos con cautela, para no darnos un estrellón.
A ver, déjame contarte.
Antes de mi cruce hacia Argentina, más precisamente en mi infancia y principios de juventud en Venezuela, viví en una casa que construyeron mis padres desde cero. Por más que sé que no hay que tenerle apego a lo material, es inevitable sentir cómo se me infla el corazón y se emocionan los recuerdos cuando pienso en ese lugar. La casa fue perfectamente construida por mi mamá y mi papá, y fue uno de los bienes que marcó muchos de mis días.
Una casa preciosa en todo su esplendor. Con detalles en madera, piedra y ladrillo. Rústica. Verde por doquier, característico de mi mamá, y con lugares para estar, típico de mi papá: biblioteca, espacio exterior para fiestas, porche, hamacas y muchos jardines. Un lugar que no se dimensiona hasta que se conoce.
El tema es que a veces, de lo bueno, poco. Yo siempre sentí que, por mil y una razones, me quedé corta. Por cosas de la vida no pude disfrutar de ese lugar todo lo que hubiese querido.
Y aquí viene: Dios me da una nueva oportunidad.
Hoy tengo la maravillosa bendición de construir mi lugar, con Fran. Y si bien sueño con maderas, piedras, ladrillo y jardines, sabiendo que lo importante no es lo material, busco y lucho porque siempre sea un espacio de amor, de encuentro y de calma.
Esta nueva oportunidad la tomo con alegría, la abrazo y construyo un futuro con todo lo aprendido en el pasado. En mi nuevo lugar, en mi hogar.
Solo gracias a Dios.