Hace días escuché que Isabel Allende contaba que ella le escribía cada día una carta a su mamá. Hoy esas páginas son recuerdos casi exactos de su pasado.
A diferencia de esta gran escritora, yo escribo del pasado para viajar hacia mis recuerdos. Sin embargo, hoy me estreno con algo distinto.
Hace poco más de un año llegábamos a un pueblo del interior argentino. El desafío para mí era grande, pero Fran tuvo la acertada idea de llevarme a adoptar una gatita que se convirtió en mi sostén. Más tarde, un gato abandonado en un terreno nos siguió hasta casa, convirtiéndose entonces en el cuarto integrante de esta armoniosa familia.
Aceituna, la primera gatita, tenía un temple único. Una calidez más esponjosa que su pelaje y una personalidad más fuerte que sus dientitos. Desafiante, divertida, aventurera, rebelde. Aceituna tenía una preciosa habilidad para poner límites, lo que siempre le envidié. Era coqueta, perfecta, mi amiga, mi hija.
Esta misma belleza era, a su vez, un ¿defecto? Porque a Aceituna tenías que amarla desde la libertad. Como dice El Principito: “Si amas a una flor, no la arranques. Porque si la arrancas, muere y deja de ser lo que amas. Así que si amas a una flor, déjala ser. El amor no consiste en poseer, sino en apreciar.” Aunque esa libertad hoy se siente como grandes cráteres en mi corazón.
Aceituna no regresó de su última aventura. Su cuerpito peludo fue sorprendido y destruido en un impacto enorme, casi tan enorme como el destrozo que deja en el corazón de quienes la amamos.
Mi Tuntún, mi Tunisia, mi pomposa, mi Tunina Bananunina, mi Tunis. Gracias por quedarte en mis brazos cuando aún no tenía amigas en mi nuevo lugar. Gracias por enseñarme eso que tenía que aprender sobre los límites, pero sobre todo, gracias por tanto amor.