Así es la dedicatoria de mi tesis de posgrado. Un trabajo que me hizo sumergirme en el mundo del trato hacia los pacientes de salud mental y en particular de los hospitales psiquiátricos para cambiar en mí la perspectiva de tantas cosas.
De prejuicios está lleno el mundo. Qué bonito sería si así como diariamente aumentamos la cantidad de sentadillas que hacemos, eliminamos la cantidad de estigmas que tenemos.
Mi tío Leo debe estar arriba riéndose de lo que escribo porque él no entendía de estigmas, él vivía en su propio mundo y lo que exteriorizaba era puro cariño –aunque a veces te sacase de quicio con su preguntadera–.
Mi tío Leo tenía esquizofrenia y un trastorno obsesivo compulsivo, una especie de fijación por el agua. Mi tío Leo se bañaba por muchas horas –tanto que causó filtraciones en el edificio donde habitaba–, remojaba su ropa hasta que se deshacía y pasaba con un potecito vacío de mantequilla echando agua luego de que alguien caminara por los pasillos de su casa.
A mi tío Leo realmente le gustaba el agua. Todo lo mojaba. El enchufe, el radio, su mesa de madera, los controles del televisor, la carne, sus zapatos, todo.
A mi tío Leo poco le gustaba vestirse. Mi mamá siempre lo regañaba porque había llegado “la niña” –así como él me llamaba– y él estaba sin ropa.
A mi tío Leo no le faltaba el apetito, comía más que cualquier otra persona, pero no lo hacía en la mesa, lo hacía en su cuarto, sentado en su cama.
A mi tío Leo le encantaba la música, a veces se pasaba con el volumen. También le gustaba mucho la televisión, bastante se entretenía.
A mi tío Leo no le gustaba mi tío César y ellos dos vivían juntos. ¡Qué tiempos de guerra! ¿Para qué recordarlo? Si no era odio, era un trastorno.
A mi tío Leo le gustaban las celebraciones, nunca conoceré a alguien tan fiel a sus amistades. Todo lo que mi abuela preparaba él lo regalaba, pero mi abuela no tenía problema, eso lo heredó de ella, no eran gajes del trastorno, se llama bondad.
Mi tío Leo trabajó un largo tiempo, se vestía con su camisa de cuadros, su pantalón de vestir, sus zapatos negros y su leontina colgando de la correa. Por el tiempo en que lo hizo fue el orgullo de la casa, a pesar de sus dificultades ¡era un ser que trabajaba!
Mi tío Leo era tan cordial como la ropa que vestía –cuando la vestía–. Saludaba, se despedía y también agradecía. Estrechaba la mano con fuerza a los varones, sus similares.
Mi tío Leo comía muchas cosas duras, por lo que constantemente concurría al dentista. Las nueces de Navidad las partía con sus dientes. Yo escuchaba el sonidito. No era fan de una cabellera larga, así que también le era fiel al peluquero. Se llamaba Rafael y también era su amigo.
A mi tío Leo le encantaban los niños y también los animales. Por mucho tiempo cuidó el perro de la señora Edén, la vecina que vivía en el departamento de abajo. También, con cariño, acariciaba y se entretenía con los gatos de mi casa.
A mi tío no le daba miedo nada. Andaba de noche en la Venezuela ya peligrosa. Se quedaba en casa de sus amigos sin avisar y a mi abuelita le tocaba buscar.
En el mundo de mi tío Leo todos teníamos un nombre: “Mai” era mi tía Marielys, “Cía” era mi mamá, “Comoto” era mi tía Yadira, “Macos” eran mi tío político Marcos y mi primo llamado igual, a mi tío César lo nombraba por insultos –vaya que los sabía– y a mi abuela siempre la llamó “mamá”, fue lo único que pronunció con tremenda claridad.
A mi tío Leo lo queríamos mucho. Él también nos quería y esa expresión de amor fue de las mejores que recibí en mi vida. –“Te quiero mucho”– le dije mientras le agarraba su mano ya esquelética que se apoyaba en la baranda de una cama clínica –“yo también”– me respondió haciendo un peculiar esfuerzo y mirándome con sus ojos gigantescos, producto de la delgadez de su cara.
Leo, es verdad que a veces no sabíamos lidiar con la situación que te atravesaba, pero cuánto te queríamos. Cuando mamá vestía tu cuerpo frío, yo pensaba en los días que compartí contigo, recordé cuando me reía porque tú no pronunciabas nada bien ninguna de las palabras y tú las repetías para verme reír. ¿Acaso eso no es amor?
Mi tío Leo siempre será una bendición andante. Un vil reflejo de la existencia de un ángel.
El dibujo que acompaña este texto fue hecho por una artista increíble, mi mamá, Cira Elena Brillembourg.